
En mi práctica espiritual, he aprendido a vivir en el presente. No en la idea abstracta del “aquí y ahora” que suele repetirse como mantra, sino en la experiencia real de no dejar que mi mente viaje al pasado ni al futuro. En ese estado de quietud interior, habito una paz que no depende de las circunstancias externas. Sin embargo, hay algo que siempre me ha causado curiosidad: no sueño, o al menos no lo recuerdo.